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Por José Ángel Fernández, España
Esta semana he visto una entrevista curiosa. Ha sido con un doctor en
astrofísica que forma parte del Museo de la Creación (Creation
Museum) de Kentucky, EUA, un museo creado por los creacionistas estadounidenses
con la intención de mostrar cómo fueron los primeros años
después de la creación del mundo.
Si paseamos por el museo lo que encontramos es una tremenda mezcla de ideas
sin ninguna base científica para apoyarla a excepción de lo
que leemos literalmente en algunos libros de la Biblia. En la entrevista se
pudo escuchar una gran contradicción, un argumento circular típico
de aquellos científicos que pretenden mantener una lectura literal
de los textos bíblicos.
“Si encontraras que las evidencias científicas te llevan en una
dirección contraria a la lectura que haces de los textos bíblicos,
¿qué harías?”, se le pregunta al doctor en astrofísica. |
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Y este responde: “Yo soy científico porque
la Biblia apoya la ciencia; Dios nos ha dado este mundo y nos ha dado una
razón para buscar e investigar respuestas en él. Sin embargo,
si las claras evidencias científicas me llevaran en dirección
contraria a mi lectura de la Biblia, me quedaría con la Biblia”.
Uno se queda un tanto frío ante la respuesta de este doctor creacionista:
si sólo podemos aceptar las evidencias científicas que no contradicen
nuestra lectura literal de la Biblia, ¿para qué vamos a investigar
en absoluto? ¡Quedémonos con la Biblia y dejemos la ciencia a
un lado! (con todas las consecuencias que ello implica).Por si acaso alguien
no lo sabe, los creacionistas son cristianos que ven la necesidad de elegir
entre las teorías científicas y la verdad bíblica y reaccionan
de forma bastante fuerte en contra de aquellos que se limitan a aceptar una
armonización entre ambas. Y esta necesidad de elegir entre ellas alcanza
un punto muy caliente cuando hablamos de la teoría de la evolución
de Darwin. Como escribe Henri Morris, un conocido autor creacionista:
“Uno puede ser cristiano y evolucionista, tanto como uno también
puede ser un cristiano ladrón, o un cristiano adúltero, o un
cristiano mentiroso. Es absolutamente imposible que aquellos que declaran
creer en la Biblia y seguir a Cristo puedan aceptar la evolución”.
El concepto de evolución aún llena el corazón de muchos
cristianos de asco y repulsión porque, según dicen, no hace
una distinción clara entre los seres humanos y el resto de los animales
y porque no parece hacer justicia al relato de la creación en el libro
del Génesis. Algunos van incluso más lejos. Para Ken Ham, otro
autor creacionista, la teoría de la evolución “destruye
el mismo mensaje del evangelio”. Para Ham los cristianos que aceptan
la evolución “probablemente no han pensado bien acerca de las
consecuencias lógicas de esa posición”. Según argumenta
este autor, la evolución contradice las afirmaciones claras e inequívocas
que aparecen en el libro del Génesis acerca de Adán y Eva y
el origen del pecado y la muerte:
“La Biblia enseña claramente que cuando Dios creó a Adán
y Eva el mundo era perfecto. No había muerte ni derramamiento de sangre.
Pero por el pecado de Adán Dios trajo la muerte como juicio del mundo…
Si crees en la evolución has de creer que Dios usó muerte y
derramamiento de sangre a través de los siglos, durante millones de
años, como medio para crear al ser humano. Esto destruye el mensaje
del evangelio. La respuesta está en el Génesis – no hay
lugar para la evolución en la Biblia”.
Algo similar encontramos en los escritos de D.T. Gish, otro escritor creacionista:
“Nadie de esos que creen en la evolución, sean ateos, teístas
o cualquier otra cosa, creen también en el relato bíblico de
la creación de Eva. Es rechazado como un relato falso porque, según
dicen, el hombre y la mujer evolucionaron juntos de algún tipo de criatura
con forma de mono durante millones de años. Simplemente deciden no
creer las Escrituras en este punto. Sin embargo, los autores del Nuevo Testamento
apoyan plenamente la verdad literal del relato de la creación de Eva”.
Me consta que esta forma de pensar no es, ni mucho menos, un fenómeno
puramente norteamericano o que existe únicamente en esas iglesias del
otro lado del charco sino que abunda también en nuestras iglesias evangélicas.
Me atrevería incluso a decir que esta forma de pensar, lejos de estar
en decadencia, está creciendo en las iglesias. De hecho, y a modo de
prueba, si entramos en muchas librerías evangélicas y buscamos
libros que traten el tema de la evolución desde un punto de vista cristiano,
la gran mayoría de libros que encontramos proceden de una única
perspectiva que considera la teoría de la evolución como errónea
y contraria a los relatos bíblicos, eliminando así de sus estanterías
la amplia gama de posturas que existen dentro del Cristianismo, algunas de
ellas contrarias pero otras favorables al concepto de la evolución.
No deja de ser triste que en muchos casos tengamos que aprender otros idiomas
y salir de España (o quizá entrar en librerías procedentes
de otras ramas del Cristianismo distintas a la protestante) para encontrar
libros escritos por científicos cristianos que aceptan la teoría
de la evolución y que, de hecho, no ven ningún conflicto entre
ciencia y fe. Es muy preocupante el hecho de que un joven cristiano tenga
que comprar libros de no creyentes para ser informado acerca de temas como
la evolución desde un punto de vista equilibrado y científico
por no tener acceso a libros de autores cristianos y evolucionistas como Francis
Collins, John Polkinghorne, Alister McGrath o Kenneth Miller. Resulta ciertamente
irónico que el propio Calvino, uno de los padres de la Reforma, comentara
en su tiempo acerca de cuánto envidiaba a aquellos que podían
estudiar fisiología y astronomía, ya que tal estudio permitía
un contacto directo con las maravillas de la creación de Dios. Me da
la impresión de que gran parte del Cristianismo evangélico de
hoy, hijo de aquella Reforma, ha decidido olvidar ese amor por la ciencia
por miedo a perder una falsa seguridad intelectual que mantiene su fe viva.
Sería bonito – y digno – que las librerías cristianas,
precisamente aquellos centros destinados a ofrecernos y mostrarnos sin ningún
tipo de polarización la amplia gama de posibilidades que existe hoy
día dentro del Cristianismo para que podamos tomar una decisión
informada acerca de lo que queremos creer, tuvieran en sus estanterías
libros que trataran el tema de la evolución desde un punto de vista
cristiano y desde varias perspectivas distintas, tanto positivas como negativas.
Visto que muchas de estas librerías no están por la labor, vamos
necesitando ya grupos cristianos que tomen la responsabilidad de traducir
y escribir libros y artículos orientados a informar a los cristianos
de que el Cristianismo es mucho más variado y ofrece lecturas muy diversas
tanto de los relatos bíblicos como de la relación entre ciencia
y fe. Y si cerramos nuestros ojos a esta necesidad en nuestro afán
por proteger la visión unidimensional que conocemos y que queremos
fomentar a nuestro alrededor nos arriesgamos a generar un Cristianismo poco
informado y capaz de atraer únicamente a aquellos que prefieren respuestas
precocinadas a hacer el esfuerzo de pensar por sí mismos.
Fuente: Lupa Protestante
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